Que le han hecho a la tierra,
hermosa hermana.
Devastada, saqueada, violada y golpeada.
La perforaron con cuchillos en el costado del amanecer,
la ataron con cercos y la arrastraron por sus calles de cemento.
Sus hijos al ver el ultimo árbol caer, se transformaron en mariposas y volaron al sol hasta morir, otros mas optimistas se convirtieron en tatuajes sagrados que fueron colocados en el cuerpo del varón mas joven, el se encargara de llevarlos a un sitio en donde estén a salvo (sí eso es posible), y volver a su forma original.
Estos seres de los que hablo, los hijos de la tierra, son creaciones y cosmovisiones de pueblos imaginarios que deambulan en el universo. Tribus y aldeas que habitan selvas invisibles a otros ojos, bosques imposibles creados por deidades desconocidas aun. Estos seres no quieren ser reales, prefieren ser viento, prefieren ser sueños fantásticos que duran un segundo, prefieren ser alas, prefieren ser libres.
Para esos pueblos, “la realidad” es un universo que se destroza poco a poco, como sus estrellas que estallan sin soltar el menor brillo, solo polvo. Es la capital imaginaria del infierno. Es un pueblo mutante que a avanzado demasiado rápido, y rápido desaparecerá. No se han tomado el tiempo de respirar y observar, de abrazar y sentir.
Yo decido que la realidad de la que hablo desaparezca, para dar paso a aquellos otros pueblos, los que evolucionaron de otro modo. Aquellos que estuvieron invisibles y ajenos, que nacieron de la imaginación de los dioses, ellos son los que esperan a que la tierra se despierte de su dolor y grite su odio al ser humano. Y Los árboles, que alguna vez los cobijaron bajo su sombra y fueron destruidos, sean los dragones que incendien el espíritu de la raza humana
lunes
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